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Entre sus manos yacía su única herencia de un padre bibliófilo con tan pocos tornillos como centavos. El pergamino parecía antiguo, de cuántos años no sabría decir. Era de un color marrón muy oscuro y parecía manchado con rayas de tinta por todo lo largo. Era tan patético que lo consideraba un desperdicio tanto de papel como de tinta; la última gran muestra de locura de su progenitor, seguramente.

Tantos libros en la cabeza, tanta tinta acumulada en el índice por haber recorrido kilómetros de líneas escritas, tanta hambre que dejó de sentirla, el muy desgraciado, dejándosela toda a él.

Leer entre líneas era especialidad suya, y estaba seguro de que esta era la forma que su padre había escogido para reírse en su cara.

Cansado, padeciendo una furia fría encima del hambre y la sed, dejó el trozo de pergamino en la oxidada banca del parque; se marchó para no volver jamás, sin mirar atrás ni una sola vez.

Una pena saber leer entre líneas cuando no se sabe leerlas.

Se quedó entonces aquel tesoro muy bien enterrado en sí mismo, con miles de letras apretadas, formando palabras, formando oraciones, formando textos únicos. Lo mejor de la biblioteca mental de su padre meticulosamente escrito en treinta centímetros cuadrados.

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Citas, cuentos y poemas. La variedad de autores más grande dentro de las posibilidades de los creadores. Libros de todos los temas, tamaños, colores y sabores.

martes, 11 de enero de 2011

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o
licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se
encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa.
Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo,
todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la
cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de
su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con
los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de
esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como
desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras.
Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de
puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices,
nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en
la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen
entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su
persona se establece una muralla, no por invisible menos
infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre
está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de
sí mismo.
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El Laberinto de la Soledad. Capítulo: Máscaras Mexicanas.
Octavio Paz.

Conocí realmente el trabajo de Paz por su obra ensayística merecedora del premio nobel de 1992. El Laberinto de la Soledad me abrió puertas impensables en la comprensión profunda de la cultura popular, en las raíces que aún me gusta llamar "socialmente psicológicas" del comportamiento del mexicano, puertas que hasta ahora me llevan a pensar en el futuro de mi profesión y mi pensamiento. Todo mi interés en antropología, sociología, historia y demás parecidas nacen realmente de la lectura de esta obra maestra, que es imposible no leer por interés: No es una obra fría y un estudio insensible y alejado de la psique del lector, sino que el mismo se ve reflejado, y su entorno de la misma manera, por los agudos e interesantes juicios que la obra presenta. Nos convertimos en protagonistas de una trama emocionante porque es nuestra historia sin pasado ni futuro, escrita hace más de medio siglo, y con una validez actual que impresiona. El Laberinto de la Soledad nos conoce mejor que nosotros mismos. Sin máscaras. Sin simulacros. Y con el miedo de un ser indefenso y atrapado desde hace siglos entre dos mundos.

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